APARECIMIENTO DE LA VIRGEN DE LA ROGATIVA
(Transcripción del libro
"Cosas de Moratalla")
Corría
el año de 1535. Por esta época y algún tiempo después, los feroces moros de las
Alpujarras, en rebelión continua, devastaban cuanto
iban encontrando a su paso; innumerables cristianos perecían a sus manos, y
otros, despojados de cuanto poseían, desnudos y hambrientos, se internaban
despavoridos en estos territorios tan próximos a la provincia de Granada. Fuera
a causa del excesivo número de necesitados o efecto de haberse debilitado un
tanto la caridad en sus habitantes, ello es que no socorrían los vecinos con
verdadero amor cristiano tanta desgracia como se arrastraba ante sus ojos.
Habían transcurrido 42 anos y 17 días desde que Jesucristo
descendió ante Ruiz Sánchez, en el monte de Benámor;
era el 6 de Mayo del 1535, fiesta de la Ascensión del Señor.
A seis leguas próximamente de la población, hacia Poniente,
en un sitio que abrazan las sierras del Serbalejo,
Matanza y Puerto del Conejo, paraje sumamente frío y erizado de malezas
inexpugnables, existe una cañada que llaman del Conejo, la cual era propiedad
de Ginés Martínez de Cuenca; éste tenía un hijo de su mismo nombre, mozo de 20
años tan honesto y sencillo, bondadoso y trabajador que de modelo servia en
aquella comarca. Apacentaba el afortunado zagal unas vacas de su labor, la
víspera precisamente de la
Ascensión y, a la caída de la tarde, comenzó a caer tan
copiosa lluvia, que buscó abrigo para él y sus reses en un hato que próximo
tenían unos pastores; allí pasó la noche y, durante el sueño, vino a turbarle
varias veces una visión que en forma de mujer se le presentaba; formando su
exaltada imaginación fantásticas quimeras, que sin dejarle reposo, le hicieron
levantar muy de mañana, todo preocupado con tan pertinaz idea. Preguntó a sus
compañeros si había alguna mujer en el hato, respondiéronle
que no y, silencioso y contrariado, se marchó a revisar sus tierras; sin duda
en él era costumbre, por ver lo que había profundizado la continua lluvia de la
noche. Llegó al mencionado sitio de la cañada del Conejo, llamándole la
atención un trozo de sembradura, cuyas espigas completamente granadas formaban
raro contraste con el resto de la sementera, floja y tardía; no solo por la
naturaleza del terreno, sino también por la época en que se había sembrado.
Tanto es así que, sin poder disimular su natural asombro, exclamó:
"¡Válgame nuestra Señora!"; diciendo estas palabras, una paloma
blanca cruzó ante sus ojos; cogió él una piedra para tirársela y, en el mismo instante,
iluminándose aquellos contornos, vio descender sobre flotantes nubes, rodeada
de pequeños angelillos, a la
Virgen Santa María, cubierta con un manto blanco; además
observó que una pequeña gota de sangre manchaba su tersa frente. "¿Qué
buscas, hombre?", le dijo la Virgen. Ginés, absorto y de rodillas,
transportado en sublime éxtasis ante las gradas del trono de la Divinidad, escuchó de
los purísimos labios de María.
"Que no tuviese cuidado alguno, y que previniera a los
habitantes de Moratalla fuesen más caritativos y hospitalarios con aquellos
infelices cristianos que, de continuo, llegaban a sus puertas en busca de
legítimas limosnas; que su amadísimo hijo estaba indignado por tan mal
proceder, hasta el extremo de privarlos de la lluvia tan necesaria a sus
agostados campos; que ella, (1) intercediendo con lágrimas de dolor, había
conseguido - después de grandes esfuerzos - una pequeña tregua a su justo
enojo; por lo cual, en la noche pasada, abundantes lluvias devolvían a los
marchitos sembrados su frescura y lozanía; y, por último, que se hiciese en
aquel sitio una ermita con el nombre de Nuestra Señora de la Rogativa, pues no traía
otra misión que rogar a su Hijo en bien de los pecadores, previniendo, además,
que allí quedaban en señal grabadas sus plantas..." Desapareció la Visión,
confundiéndose aquella nube en las alturas, a los ojos del atónito Ginés.
Quedó éste tan impresionado que, durante largo tiempo,
estuvo llorando para descargar su corazón fuertemente conmovido por las
cariñosas palabras de la Virgen. Sentía una fascinación tal hacia aquel
sitio, y su ánimo tan poseído estaba en mística contemplación que, sin darse
cuenta de ello, permaneció larguísimo rato, mudo y
clavado cual una estatua. Maquinalmente se incorporó y, marchando al azar, se
encontró a la puerta de un cortijo que próximo a aquel lugar se levantaba.
Habitaba en él Ginés Valero; al cual llamó la atención el aire preocupado del
joven y hubo de preguntarle varias veces para que éste contara lo ocurrido,
tanta era su cortedad.
Puesta la grata noticia en conocimiento de Juan y Pedro
Mateo, hermano y vecino del Valero, se trasladaron juntamente con sus mujeres
al referido lugar del suceso y bien pronto reconocieron desde lejos las señales
de los sagrados pies, que fueron las que dejó la Virgen.
Por este tiempo, Martín López era Alcalde
(pedáneo) en el Puerto del Conejo, donde tenía su cortijo y residencia. Puesto
en antecedentes de cuanto ocurría, acudió con varias personas, encontrando a
Ginés Martínez que apacentaba sus vacas; no poco trabajo costó al Alcalde
persuadir al Ginés a que hablase; pues su notoria timidez, unida a la impresión
que le produjo verse rodeado de tantas gentes, de quienes era admirado, venía a
aumentar su turbación. Por fin venció sus escrúpulos y contando lo ocurrido
pasaron al sitio, reconociéndolo minuciosamente. Todos quedaron satisfechos;
pues a pesar de la fuerte lluvia, no se habían borrado ni confundido las bien
señaladas plantas; así como a diez pasos de distancia, poco más o menos, varias
piedras comprimidas fuertemente, manifestaban donde Ginés permaneció en larga
contemplación.
El fausto acontecimiento, en alas de la fama, pronto
recorrió algunas leguas; empezando a llegar de todas partes cojos; tullidos y
enfermos de distintas clases, en busca de la salud perdida. Según cuenta la
tradición, bastaba formar un poco de barro con aquella tierra, donde la Virgen fijó sus pies y,
aplicándola con verdadera fe al sitio enfermo, sanaban en e l acto, con
admiración de todos los presentes. Tantos milagros se repitieron, que el
Alcalde Martín López, por medio de una carta, puso en conocimiento de la
justicia de Moratalla cuanto ocurría; la cual, en su vista, acordó en sesión
celebrada por el Ayuntamiento el 27 de Mayo, que pasase una comisión a
informarse bien de lo ocurrido, tomando declaraciones; reconociendo el sitio,
etc.; para 1o cual nombraron al Sr. Antón López, Regidor y a Martín Pujol,
escribano público, para que, juntos con Martín López, Alcalde ordinario,
llevasen a cabo estas diligencias, etc. Lo que acordaron ante Benito Sánchez,
escribano del Consejo de la villa, firmando - el Bachiller Francisco de Santa
Ana, cura - Miguel López, Antón López - El Bachiller Figueras,
en testimonio de verdad - Benito Sánchez, escribano del Concejo.
Sin pérdida de tiempo practicaron la información decretada;
resultando ser cierto cuanto arriba consignamos, pues así resulta de la
declaración tomada a Ginés Martínez y tantos otros presentes; así como de la
autenticidad de los milagros verificados en algunas personas que allí se
encontraban.
Concluidas las diligencias, puso la inscripción signada el
escribano de la comisión, Martín Pujol; las cuales pasaron al Asesor abogado de
la villa de Caravaca, el que evacuó su informe en 14 de Junio del mismo año;
previniendo se notificasen al Señor Inquisidor, como así se hizo y dejando un
traslado auténtico, que es el que existe en el Ayuntamiento de Moratalla, de
donde hemos tomado estos apuntes, remitiéndose después los originales a Murcia,
para su aprobación.
(1) Según cuenta la tradición, la
paloma blanca que asustó a Ginés, momentos antes de la aparición, era la misma
Virgen y, como éste cogió una piedra para tirársela, solamente por la acción
aparece con una gota de sangre congelada en su frente. (N. del A.)