EL SANTISIMO CRISTO DEL RAYO

(Del libro "Cosas de Moratalla", relato extraído, según una nota del autor,
de unas notas escritas por el moratallero D. Emiliano Martínez Guillén)

I

A la falda de un pequeño cerro, aparecen agrupadas confusamente multitud de casas que se tienden en anfiteatro, formando la villa de Moratalla, uno de los pueblos más fértiles y sanos de provincia de Murcia. Sus sencillos habitantes recuerdan las costumbres de los moros, cuya dominación sufrieron, al igual del resto de la provincia, especialmente los que habitan en el campo, pues la civilización va desterrando de la población antiguos usos y trajes, armonizándolos con las costumbres de los modernos adelantos. Sus tortuosas y empinadas calles, su hermoso Castillo, el sistema de riegos, etc., etc., nos recuerdan aún lo que acabamos de exponer.
    En dicha villa se venera con exaltación la Imagen del Santísimo Cristo del Rayo, y es costumbre inveterada que; en el momento que algunos nubarrones anuncian la proximidad de la tormenta y que la campana da la voz de alarma, con su conocido lenguaje, varios mozos del pueblo, en unión del sacerdote nombrado al efecto, llevan la Imagen del Cristo a hombro y, poniéndola frente al sitio por donde aparece la nube, el sacerdote la conjura por medio de rezos y latines. Y sucede que unas veces vence el Cristo y la nube huye o se disipa, y otras tienen que volver deprisa a la Iglesia, pues les apedrea de lo firme. Mas siempre hay disculpa para aquellas buenas gentes: si la tormenta arrecia, lo achacan de ordinario a la falta de carácter y entereza del cura para imponerse a la nube y hacerla retroceder. Y recuerdo en este momento y lo cito como modelo de sacerdotes enérgicos para conjurar las nubes, al Padre Ludeña, el cual fue muchos años el encargado de dichos conjuros, y era digno de verse el brío y valentía con que desempeñaba su misión; el Padre Ludeña se encaraba con la nube, entablando con ella un verdadero pugilato y, después de agotar cuantos latines y rezos podían emplearse para contrarrestar y vencer su terrible empuje, si la nube seguía avanzando hacia la huerta, haciendo caso omiso de sus enérgicas exhortaciones y protestas, aquel hombre, poseído de una agitación y vehemencia inconcebibles, echando por su boca cuantos dicterios e interjecciones se pueden imaginar contra la nube, la increpaba airadamente, y había que verle si la tormenta en sus evoluciones, cambiando de rumbo y sin hacer daño, desaparecía por el horizonte... Entonces el buen Padre, que jamas abandonaba su puesto, viéndola alejarse la apostrofaba a gritos para que acelerara, si posible fuera, su vertiginosa carrera, y, cuando el arco iris, símbolo de paz y bienandanza, lucía sus hermosos y brillantes colores, el Padre Ludeña, arrogante y magnífico, con la satisfacción de la victoria, volvía al pueblo con el bonete echado hacia atrás, completamente dichoso por haber vencido una vez más a la tormenta, en unión al Santísimo Cristo del Rayo.
    Muchas anécdotas podríamos referir, insistiendo sobre el mismo tema; pero nos separaríamos de nuestro objeto, que es la narración de este verídico suceso.

II

Era el año 1621. La Naturaleza, siempre pródiga en este país, derramaba por todas partes sus riquezas, convirtiendo la extensa vega en un jardín frondoso, como pudiera soñarse el Paraíso. Las mieses, ya granadas, habían dejado su oscuro color verde mar, para convertirse en hilos de oro, que se balanceaban al arrullo de un viento perfumado y suave. Los árboles, exuberantes de frondosidad, presentaban muestras de su abundante y próxima cosecha; millares de pájaros de distintas clases confundían su eterno cántico de amores. Era la época en que la Naturaleza viste siempre sus mejores galas, para hacer entrega al hombre de sus inagotables tesoros.
    Los hermosos días de Junio pasaban, sin que apareciera en el espacio la más pequeña mancha que empañara su limpidez. Un viento, ora fuerte, ora suave, ponía en movimiento las capas atmosféricas; contribuyendo, en unión con los rayos solares, a granar las doradas espigas. Ya los mozos del pueblo limpiaban sus cortantes hoces y las zagalas se concertaban para ir recogiendo las tronchadas espigas abandonadas al levantar los haces de la mies, que más tarde se conducen a las eras. Por todas partes se notaba animación y alegría.
    Amaneció el martes 15 de Junio de 1621, tan despejado y limpio como los anteriores. En la Iglesia del pueblo se continuaban lentamente las obras de la nueva Parroquia, que habían dado principio en el año 1561, y para ello se había derribado parte de la antigua; como todavía se puede apreciar por los lados que miran al Norte y Mediodía, con declinación a Oriente.
    Desde tiempo inmemorial, exista en la antigua Iglesia la Imagen de Cristo Crucificado, y se hallaba colocada en la coronación del altar mayor, que en aquella época era el que en la actualidad ocupa dicha Imagen, frente al de San Pedro, por donde entonces tenía su puerta de entrada la Iglesia; todo lo cual fue transformándose a medida que avanzaron las obras hasta quedar en la disposición en que hoy existe. El sol tocaba a la mitad de su carrera, se vieron aparecer en el horizonte algunos celajes, semejantes a grandes gasas que; rotas en jirones inmensos, flotaban en el espacio, juguetes del viento que las impulsaba; el azul clarísimo del cielo, lucía  más al transparentarse por los caprichoso dibujos que en mil cambiantes se formaban y deshacían.
    A la sazón estábase celebrando en la Iglesia la octava del Santísimo Sacramento, y los fieles atentos al llamamiento de su cura párroco, el Licenciado Alonso Vadillo, acudían con gran recogimiento a estas prácticas religiosas. El altar mayor que, como hemos dicho, era en aquella época el que hoy ocupa el Santo Cristo del Rayo, frente al de San Pedro, había sido adornado con profusión de flores, luces y objetos, por las devotas moratalleras; ya había en el templo infinidad de fieles y, entre ellos, Francisco de Ondoño y Justa García su mujer, que conducían un niño a cristianar, hijo de Martín Sánchez y de Luisa Martínez, su mujer, y que fue bautizado por el Licenciado Jerónimo Moreno, teniente cura de la Parroquia, poniéndole el nombre de Pedro, (1) y también estaba entre los concurrentes Ginés Valero, Regidor del Ayuntamiento y gran devoto del Santísimo Cristo.

(1) En el archivo parroquial y al margen de la partida de bautismo de este niño hay puesta la siguiente nota:
"Este día y año sucedió el milagro del Santísimo Cristo del Rayo". (N. del A.)

Eran las tres de la tarde y las campanas daban el último toque, haciendo el llamamiento a los fieles, para las prácticas de la octava que se estaban celebrando; cuando comenzaron a sonar nuevamente, con gran alarma, anunciando la proximidad de una nube. Hay que haber nacido en Moratalla, para poder apreciar el efecto que produce el tañido de la campana, anunciando la tormenta. Todo resulta pálido al describirlo: esos momentos de ansiedad y temor que producen en nuestro ánimo, la aparición de esas nubes colosales, que parecen grandes montañas arrancadas por su base y movidas por fuerzas sobrenaturales; cuadro imponente, al par que grandioso; aquellas monstruosas figuras, que más bien semejan sueños de la fantasía, con esa majestad grandiosa con que se adelantan unas a otras y se las ve cruzar y confundirse, parecen lejanos pueblos que vienen volando por los aires: ya imitan llanos inmensos, ya terrenos accidentados y montuosos; otras veces tomando formas diversas, ya aparecen a nuestra vista simulando cuerpos gigantescos de animales mitológicos, que la imaginación m s exaltada y calenturienta no podría concebir.
    La campana sonaba sin cesar; todos los ánimos esperaban suspensos el resultado de aquel inmenso peligro que les amenazaba; tenían confianza en su Santísimo Cristo, pero todavía ningún milagro les había hecho comprender hasta que punto velaba por su pueblo creyente aquella Imagen a la que con tanto entusiasmo adoraban. Cada vez más lúgubre el tañido de la campana, ponía fríos hasta los huesos; el cielo oscuro y denso oprimía las cabezas, y el nublado estaba tan bajo que parecía haberse juntado los cielos con la tierra; un solo relámpago brillaba y el horroroso trueno estremecía con su potente sonido hasta las entrañas del planeta; algunas gruesas gotas de agua caían pesadamente, levantando ese olor característico de tierra húmeda que se percibe en las tempestades; el pueblo entero confundía sus lamentos con el tenebroso ruido de la tormenta; el espanto más grande se veía en todos los semblantes y las manos crispadas pedían al cielo misericordia y compasión. ¡Cuadro terrible, que estremece hasta el pensarlo, ofrecían aquellas infelices, encerrados, digámoslo así, en un estrecho círculo, donde impotentes y resignados, esperaban perder vidas y haciendas!... ¡Oh furor desenfrenado y bárbaro de la tempestad!... ¡Manifestación grandiosa del poder que encierran los elementos! ¡Oh, relámpago siniestro que nos ciegas y envuelves, tornando del asombro que nos produce tu vivísima luz, al oír vibrante tu carcajada satánica que parece mofarse de nuestra timidez!
    Todas las calles afluían llenas de gentes que, con lamentos de desesperación y torpe paso, luchando con un mar de agua y piedra, con relámpagos y truenos, presurosos acudían a la Iglesia, donde se veneraba el Cristo, a pedirle de hinojos amparo y protección; ya no cabían de pie los fieles y sin cesar entraban; pues el mismo miedo y el sobresalto les hacían estrechar más y más las distancias. No se puede formar nadie una idea de aquellos momentos de amargura...
    La Imagen aparecía magnifica en lo alto de la coronación del altar mayor, extendiendo sus brazos sagrados, como queriendo significar que a todos amparaba por igual; el clamoreo incesante de aquel pueblo consternado, sus llantos, las palabras entrecortadas a cada momento, aquella confusión de voces angustiosas, pidiendo perdón y clemencia, unido al fragoroso ruido de la tempestad, que ya en tales momentos descargaba con furia abrumadora, parecían el último día, la última hora, el momento decretado como fin del mundo; ya los ánimos decaían a fuerza de sufrir, el desaliento y el abandono se pintaban en sus pálidos semblantes, que volvían con desesperación a todas partes; ni sus ojos vertían lágrimas, ni sus bocas exhalaban quejas; sólo, si, temblaban de pies a cabeza; estaban poseídos de ese terror contagioso que se apodera de las multitudes en momentos de peligro. ¡De pronto un grito unánime y agudo se deja sentir, y la mayor parte de los fieles, deslumbrados, sepultan el rostro entre sus manos!...
    En medio del templo, blandiendo como la espada del Angel exterminador, se agitaba con su ligereza proverbial un rayo que a todos amenazaba aniquilar; parecía sujeto por una fuerza invisible que no le dejaba traspasar el límite que se le había fijado y, rugiendo como un espíritu maligno, hacían contorsiones sobrenaturales... Breves instantes duró aquella escena aterradora; todos creían llegado su último momento, cuando, veloz, recorriendo el espacio que les separaba, cae cubriendo la Imagen del Redentor, que desapareció en medio de aquella encendida hoguera, convertida enseguida en humo denso...
    ¡Con qué palabras se podría hacer comprender lo que pasó en aquel momento sublime, en que, despejada la densa niebla, apareció la imagen del Cristo, negra y candente; pero más hermosa que nunca!...
    Había perdido por completo su color para no recobrarlo más. El pueblo, humillado, entonaba un himno de adoración y de gloria, ¡el himno que se entona cuando habla el corazón agradecido!...
    Aquella potente voz humana, formada por la unión de tantas ansias, debió de llegar al cielo, ya que hizo enmudecer hasta el rugido de la tempestad!...